lunes, 9 de marzo de 2015

Todo loco, tiene su prólogo.

   Nos encontramos, amigo lector, frente a un libro que no está destinado a hombres cuerdos, por lo menos cuerdos y normales en el sentido que el mundo suele dar a estos términos: Hombres que negocian, trabajan, procrean y construyen máscaras a la medida de sus necesidades y relaciones sociales.
    En nuestro mundo, la normalidad de la cordura consiste en ese consentir hacer lo que los demás hacen, sin salirse de los andariveles que la educación, el qué dirán y el sistema imponen. Rechazar estos moldes es precisamente enfrentarse al mundo. Y esto es lo que el autor de estas páginas proclama: Romper con los cánones de lo establecido para hablarnos de esa otra sabiduría.
   Establece una sabiduría que debe nacer por sobre todas las cosas de la valentía para caminar hacia la autenticidad. Pero este camino está viciado en su origen. El hombre, maestro en el arte de la simulación, ha cubierto su esencia espiritual con máscaras y lo que empezó como protección es ahora su imperioso destino.
   La vía hacia la autenticidad es, a los ojos del mundo, un camino hacia la enajenación. Cuando el hombre pierda sus máscaras será tenido por loco ante los demás que permanecen con las máscaras puestas. Quitarse las máscaras equivale a ser el extraño, el raro y  el enajenado. Este es el gran dilema del hombre en la sociedad actual: Vivir como los demás y así procurar esas normal simpatía con los prójimos, o ser diferente y original aceptando no llevar mascaras que esconden nuestro verdadero rostro. Si bien la autenticidad lleva a la originalidad y a la vida verdadera, también es cierto que conlleva en sí el anatema de ser extraño frente a los otros hombres.
   En un mundo que sacraliza las apariencias y ritualiza con sus mensajes masivos el encanto de no ser uno mismo, el arte de la simulación permite a los hombre vivir una existencia de cordura; cordura justa en donde la mitad de la humanidad pasa hambre, cordura de aparente sabiduría para esconder la ignorancia supina, cordura de diversiones y de placer para acallar el hambre de eternidad y de infinito, cordura que es una aparente normalidad, pero que en su esencia es enajenante porque  no hay autenticidad de vida ni de misterios.
   En el reino de las apariencias, la cordura es simulación, y cualquier autenticidad es locura. Bendita locura ésta que nos anuncia el autor y que se opone al mundo y reinado de las apariencias. Un discurso como éste que quiere acabar con el control de las apariencias tiene que ser paradójico por que se enfrenta a la opinión común, al triunfo de la meritocracia y de la mediocracia.
   Frente al engaño de los hombre, frente a la falsedad de la vida, el autor se levanta con el discurso de la autenticidad, y parte de la premisa de que cualquier saber nace de un saberse a sí mismo. Pero este saberse y hallarse no puede darse mientras las máscaras de la simulación, de la falacia y el engaño escondan el verdadero y radical ser del hombre. Quitados los velos que impedían el acceso a la realidad, el hombre está en posibilidad de saberse y saber el mundo. «Por primera vez el sol besó mi rostro desnudo, y mi alma se inflamó de amor por el sol y ya no deseé más mis máscaras. Como en éxtasis grité: "Benditos, benditos sean los ladrones que me han robado mis máscaras." Así fue como me volví loco. Y he hallado libertad y salvación en mi locura; la libertad de estar solo y a salvo de ser comprendido, porque aquellos que nos comprenden esclavizan algo nuestro.»

   El hombre que desea recorrer su propio destino es apartado, rechazado, quizá, porque recuerda a los hombres lo que no se atrevieron a vivir. Y es en este apartamiento en donde el loco halla su fuerza y su indomable valentía para proseguir enfrentándose a un mundo hostil y adverso.
   El mundo del autor, no es de mercadeo ni de producción, sus palabras van y se dirigen a «Organizar un sentido». Este sentido es aquel que cada hombre auténtico es capaz de realizar con su vida y que instaura, desde esa nueva perspectiva, una filosofía del encuentro con uno mismo, sin dobleces y sin doblegaciones ante las circunstancias adversas. Por todo ello el mensaje del autor no dogmatiza, sino que invita a la reflexión, al diálogo constante para que cada cual descubra su sendero. Este libro encuentra su pleno sentido en un mundo en crisis de hombres y de valores.
   Para este mundo en crisis se escribe este libro, y su mensaje es un canto a organizar un nuevo orden en donde el hombre reine sobre el dinero, la mercancía y los objetos; un hombre que de lacayo pase a ser amo y señor de su existencia; un hombre que todavía pueda ser seducido por el sentido de la verdad y por el anhelo de infinito.    

«Amar según un orden establecido, divertirse de un modo ya fijado, adorar a los dioses decorosamente, inquietar a los demonios con prudencia, y luego olvidar todo, como si la memoria estuviera muerta».



Extractos del prólogo por Juan Manuel Rodríguez para "El loco"  
-Gibrán Jalil Gibrán, 1918-


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