lunes, 15 de junio de 2015

¿Qué significa pertenecer a una "Orden Iniciática"?

En estos tiempos de valores disminuidos y principios rematados al mejor postor, recuperar el sentido trascendente que brindaba la pertenencia a una Orden u Hermandad brinda la perspectiva, a la vez racional y espiritual, de un Camino de crecimiento donde un aspecto cualquiera de nuestra vida no se subordine (o, peor aún, se sujete) a ningún otro. Donde la segmentación entre dedicarse a crecer espiritualmente, expandirse intelectualmente o fortalecerse materialmente se revela como lo que es: una ilusiòn, si no solamente de los sentidos, también de un Condicionamiento Cultural funcional a intereses de un Sistema que sabe que el Hombre y la Mujer integrados son autodeterministas y completamente independientes (de pensamiento, espíritu y materia).
Pocas veces se ha reflexionado que así como la “pobreza controlada” es, económicamente, la manera de subsumir a las masas (permitiéndoles la falsa sensación de “seguridad” que provee un sueldo apenas ajustado, unos pocos “beneficios sociales” y la percepción de un jefe que alimenta más la carencia del arquetipo paterno que la conducción que significa un liderazgo), y que también existe una “pobreza controlada” impuesta en esta Sociedad en lo cultural y en lo espiritual. Es “pobreza controlada” del espíritu la de creerlo satisfecho con el paso por alguna iglesia. Es “pobreza controlada” la del intelecto cuando se convence que la “(des) información” y el “entretenimiento” por sí mismas es suficiente para cierto “bienestar mental”. Los gobiernos someten a los pueblos con la pobreza crónica de trabajar tres cuartas partes de sus vidas (mídanlo en año, en días de la semana o en horas diarias) para mantenerse en una noria de la que no puede elegir bajarse (y si no pueden elegir, ¿dónde quedó la mentada “libertad”?)y esa misma pobreza crónica se extiende a lo espiritual y a lo mental.
Por ello, reivindicamos la pertenencia, casi caballeresca, a una Orden Iniciática.

Porque puede brindar una sensación de continuidad a un mundo que se siente aislado del pasado y sin raíces. Puede ofrecer dignidad y grandeza a unas gentes que cada vez se sienten más oprimidas por la convicción de su propia pequeñez e insignificancia. A los individuos que se impacientan ante su impotencia, su soledad y su aislamiento propios, puede ofrecerles la perspectiva de pertenecer a una comunidad, de participar en una noble empresa fraternal. Sobre todo, puede brindar una jerarquía de valores y un código de conducta que no son arbitrarios ni fortuitos, sino que se apoyan en un fundamento tradicional, un fundamento al que se sabe reflejo de un Orden Trascendente, no humano, ni siquiera pretendidamente divino, sino que dimana por observación y experimentación. Es, además, un principio de coherencia y un repositorio de confianza y sentido.
Es posible que algún lector escéptico acote que en ocasiones se ha invocado este contexto para espúreos intereses, para negociaciones lindantes con lo delictivo o para manipulaciones sociales o políticas. Quédense tranquilos: por más que conserve el título y las formas y cite linajes arcanos, una Hermandad que ha caído en ello queda reducida a la expresión de una mera asociación ilícita. Y en toda Orden, el Saber –que existe- será acunado casi con humilde respeto y discreción, pero siempre se blasonará otros referentes: aquellos viejos, queridos, maltratados valores humanos.
Por eso, aunque se le use y abuse como ya casi remanido recurso literario en cualquier crónica periodística menor, es que el espíritu del Quijote sigue vivo. Es por eso que Arturo y su saga provoca ecos intensos aún en grupos sociales que ni genérica, ni geográfica ni históricamente tienen el menor vínculo con aquellas brumosas tierras. Es por ello que a través de los evos ciertos golpes de tambores anahuacanos, ciertas hieráticos perfiles de guerreros prehispánicos, miembros de sus propias Confraternidades después de todo, emociona y fascina a esta cultura de plástico.
Es por eso que aunque se endiose al dinero, aunque se tema al sacrificio –sacro oficio-, aunque se aconseje a los jóvenes el “sálvese quien pueda” mundano, encontrar alguien en el camino que viva de acuerdo a esos Principios conmueve, despierta admiración y estimula a la sana imitación. Así, el Iniciado, inmerso en la cotidianeidad como cualesquiera de sus congéneres, siempre será referente, consejero y sanador. Por lo que diga, por lo que haga, por como viva. Se le reconocerá por esa alegría visceral, ese empuje contagioso, esa voluntad inquebrantable, porque vivirá en el mundo “de afuera” como comprende la trama sutil del Universo en el mundo “de adentro” de su Orden. No será dueño de “fórmulas mágicas”, no buscará relaciones y contactos privilegiados. Sólo, habrá Comprendido.


por Gustavo Fernández.

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lunes, 1 de junio de 2015

Ilusión e inteligencia



Discusión con Budistas 
Varanasi - 13 de Noviembre de 1978
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Achyut Patwardhan: La pregunta original, con la que iniciamos la conversación, ha desembocado en una nueva pregunta.
J. Krishnamurti: Yo la formulo ahora: ¿Cuál es la función del cerebro?
Rev. Rimpoche: Almacenar recuerdos.
J. Krishnamurti: ¿Y eso qué significa? Registrar como un grabador. ¿Por qué debe grabar lo que no es estrictamente necesario? Yo tengo que recordar donde vivo o cómo he de conducir un automóvil. Debe quedar grabado lo que tiene una utilidad; pero ¿por qué debe registrar también el que ella me insulte o usted me alabe? Es ese registro el que constituye la historia del pasado: el halago, el insulto. Pregunto, ¿puede eso detenerse?
Rev. Rimpoche: Si estoy pensando, es muy difícil...
J. Krishnamurti: Voy a mostrarle que no lo es.
Rev. Rimpoche: Senor, usted pregunta por que no se registra solamente lo que es necesario; pero el cerebro no sabe lo que es necesario. Ese es el motivo de que lo registre todo. 
J. Krishnamurti: No, no. 
Rev. Rimpoche: El registrar es involuntario. 
J. Krishnamurti: Por supuesto. 
Rev. Rimpoche: Entonces, ¿como podemos hacerlo solo con lo que es necesario? 
J. Krishnamurti: ¿Por que se ha convertido en algo involuntario? ¿Cual es la naturaleza
del cerebro? Necesita seguridad -seguridad fisica- pues de otro modo no puede funcionar. Ha de tener alimento, ropa y cobijo. ¿Existe acaso otra forma de seguridad? Sin embargo, el pensamiento ha inventado otras: soy hindu y tengo mis propios dioses. El pensamiento ha creado la ilusion y en ella el cerebro busca refugio, seguridad. Pero ¿se da cuenta el pensamiento de que la creacion de esos dioses, etc., es una ilusion y, por tanto, los aparta, de forma que no tenga que ir a una determinada iglesia, ni realizar rituales religiosos, ya que todos son producto del pensamiento, en los cuales el cerebro ha encontrado cierta clase de ilusoria seguridad? 
Jagannath Upadhyaya: El momento de autoproteccion es tambien pasado. El romper ese habito de autoproteccion es tambien un punto, y es en ese punto que descansa toda la existencia. Ese atma [El espíritu, la parte más abstracta de la naturaleza humana] que es samskriti [Cultura, civilización. Aquello que tiene origen] ha de ser negado tambien. Es la unica salida. 
J. Krishnamurti: Para la supervivencia, la supervivencia fisica, no solo la suya y la mia
sino la de toda la humanidad, ¿por que nos dividimos en hindues y musulmanes, en
comunistas, socialistas o catolicos? 
Rev. Rimpoche: Eso es la creacion del pensamiento, que es ilusoria. 
J. Krishnamurti: Sin embargo nos agarramos a ella. Usted, se considera hindu, ¿por que?
Rev. Rimpoche: Es por supervivencia, un reflejo de supervivencia. 
J. Krishnamurti: ¿Es supervivencia? 
Achyut Patwardhan: No lo es, porque es el enemigo de esa supervivencia. 
Pupul Jayakar: A cierto nivel podemos entendernos, pero eso no pone fin al proceso. 
J. Krishnamurti: Porque no usamos nuestro cerebro para descubrirlo, para decir que esto es asi: tengo que sobrevivir. 
Pupul Jayakar: Usted dice que el cerebro es como un grabador que registra. ¿Tiene otras funciones el cerebro, otras cualidades? 
J. Krishnamurti: Si, la inteligencia. 
Pupul Jayakar: ¿Como se logra despertarla? 
J. Krishnamurti: Mire, yo me doy cuenta de que no hay seguridad en el nacionalismo y, por lo tanto, permanezco fuera: ya no sigo siendo indio. Veo que tampoco hay seguridad en el hecho de pertenecer a una determinada religion, y por eso no pertenezco a ninguna. ¿Que significa eso? Observo como las naciones luchan entre si, las comunidades luchan entre si, las religiones luchan entre si, observo esa estupidez y la propia observacion despierta la inteligencia. Ver aquello que es falso es el despertar de la inteligencia.
Pupul Jayakar: ¿Que es ese ver? 
J. Krishnamurti: Al observar como Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia o Estados Unidos se lanzan las unas contra las otras, veo lo estupido que es. Ver la estupidez es inteligencia. 
Radha Burnier: ¿Quiere decir usted que en la medida que uno ve esto, llega a su fin ese registro innecesario? 
J. Krishnamurti: Si. Ya no sigo siendo un nacionalista. Es una cosa extraordinaria.
Sunanda Patwardhan: ¿Quiere decir usted que en cuanto dejo de ser nacionalista, se detiene todo registro innecesario? 
J. Krishnamurti: Si, en lo que respecta al nacionalismo. 
Radha Burnier: ¿Quiere usted decir que cuando uno observa que la seguridad o la supervivencia son absolutamente un minimo y elimina todo lo demas, cesa el registro? 
J. Krishnamurti: Por supuesto, naturalmente. 
Jagannath Upadhyaya: Una cancion ha concluido y otra se inicia; la nueva ha sido registrada sobre la vieja. Esa musica vieja y destructiva queda anulada y la nueva
melodia, buena y armoniosa, toma su lugar. ¿Es ese el futuro de la humanidad? 
J. Krishnamurti: No, mire, eso es teoria. ¿Ha dejado usted de ser budista? 
Jagannath Upadhyaya: No lo se. El pasado, como historia, ha conformado la imagen en mi cerebro. Mi condicion de ser budista es el pasado, un pasado historico. 
J. Krishnamurti: Pues desechelo; o, lo que es lo mismo, vea la ilusion de ser budista. 
Jagannath Upadhyaya: Eso es correcto. 
J. Krishnamurti: Ver la ilusion es el inicio de la inteligencia.


«La unicidad del ser humano no estriba en la libertad superficial, sino en la completa liberación del contenido de su conciencia».


Extractos de "El camino de la inteligencia"   
-Jiddu Krishnamurti , 1978-1982-


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lunes, 9 de marzo de 2015

Todo loco, tiene su prólogo.

   Nos encontramos, amigo lector, frente a un libro que no está destinado a hombres cuerdos, por lo menos cuerdos y normales en el sentido que el mundo suele dar a estos términos: Hombres que negocian, trabajan, procrean y construyen máscaras a la medida de sus necesidades y relaciones sociales.
    En nuestro mundo, la normalidad de la cordura consiste en ese consentir hacer lo que los demás hacen, sin salirse de los andariveles que la educación, el qué dirán y el sistema imponen. Rechazar estos moldes es precisamente enfrentarse al mundo. Y esto es lo que el autor de estas páginas proclama: Romper con los cánones de lo establecido para hablarnos de esa otra sabiduría.
   Establece una sabiduría que debe nacer por sobre todas las cosas de la valentía para caminar hacia la autenticidad. Pero este camino está viciado en su origen. El hombre, maestro en el arte de la simulación, ha cubierto su esencia espiritual con máscaras y lo que empezó como protección es ahora su imperioso destino.
   La vía hacia la autenticidad es, a los ojos del mundo, un camino hacia la enajenación. Cuando el hombre pierda sus máscaras será tenido por loco ante los demás que permanecen con las máscaras puestas. Quitarse las máscaras equivale a ser el extraño, el raro y  el enajenado. Este es el gran dilema del hombre en la sociedad actual: Vivir como los demás y así procurar esas normal simpatía con los prójimos, o ser diferente y original aceptando no llevar mascaras que esconden nuestro verdadero rostro. Si bien la autenticidad lleva a la originalidad y a la vida verdadera, también es cierto que conlleva en sí el anatema de ser extraño frente a los otros hombres.
   En un mundo que sacraliza las apariencias y ritualiza con sus mensajes masivos el encanto de no ser uno mismo, el arte de la simulación permite a los hombre vivir una existencia de cordura; cordura justa en donde la mitad de la humanidad pasa hambre, cordura de aparente sabiduría para esconder la ignorancia supina, cordura de diversiones y de placer para acallar el hambre de eternidad y de infinito, cordura que es una aparente normalidad, pero que en su esencia es enajenante porque  no hay autenticidad de vida ni de misterios.
   En el reino de las apariencias, la cordura es simulación, y cualquier autenticidad es locura. Bendita locura ésta que nos anuncia el autor y que se opone al mundo y reinado de las apariencias. Un discurso como éste que quiere acabar con el control de las apariencias tiene que ser paradójico por que se enfrenta a la opinión común, al triunfo de la meritocracia y de la mediocracia.
   Frente al engaño de los hombre, frente a la falsedad de la vida, el autor se levanta con el discurso de la autenticidad, y parte de la premisa de que cualquier saber nace de un saberse a sí mismo. Pero este saberse y hallarse no puede darse mientras las máscaras de la simulación, de la falacia y el engaño escondan el verdadero y radical ser del hombre. Quitados los velos que impedían el acceso a la realidad, el hombre está en posibilidad de saberse y saber el mundo. «Por primera vez el sol besó mi rostro desnudo, y mi alma se inflamó de amor por el sol y ya no deseé más mis máscaras. Como en éxtasis grité: "Benditos, benditos sean los ladrones que me han robado mis máscaras." Así fue como me volví loco. Y he hallado libertad y salvación en mi locura; la libertad de estar solo y a salvo de ser comprendido, porque aquellos que nos comprenden esclavizan algo nuestro.»

   El hombre que desea recorrer su propio destino es apartado, rechazado, quizá, porque recuerda a los hombres lo que no se atrevieron a vivir. Y es en este apartamiento en donde el loco halla su fuerza y su indomable valentía para proseguir enfrentándose a un mundo hostil y adverso.
   El mundo del autor, no es de mercadeo ni de producción, sus palabras van y se dirigen a «Organizar un sentido». Este sentido es aquel que cada hombre auténtico es capaz de realizar con su vida y que instaura, desde esa nueva perspectiva, una filosofía del encuentro con uno mismo, sin dobleces y sin doblegaciones ante las circunstancias adversas. Por todo ello el mensaje del autor no dogmatiza, sino que invita a la reflexión, al diálogo constante para que cada cual descubra su sendero. Este libro encuentra su pleno sentido en un mundo en crisis de hombres y de valores.
   Para este mundo en crisis se escribe este libro, y su mensaje es un canto a organizar un nuevo orden en donde el hombre reine sobre el dinero, la mercancía y los objetos; un hombre que de lacayo pase a ser amo y señor de su existencia; un hombre que todavía pueda ser seducido por el sentido de la verdad y por el anhelo de infinito.    

«Amar según un orden establecido, divertirse de un modo ya fijado, adorar a los dioses decorosamente, inquietar a los demonios con prudencia, y luego olvidar todo, como si la memoria estuviera muerta».



Extractos del prólogo por Juan Manuel Rodríguez para "El loco"  
-Gibrán Jalil Gibrán, 1918-


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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Orbitando en un caleidoscopio


El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes...

"...¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres..." 

"...Y en esa orilla extrema de su vida, Hollis tenia una única pena, y solo por eso deseaba seguir viviendo. ¿Sentían lo mismo todos los agonizantes, como si no hubiesen vivido nunca? ¿Les parecía la vida algo que pasa y termina aun antes de poder tomar aliento? ¿Les parecía a todos la vida algo tan inverosímil y abrupto, o únicamente a el, aquí, en este momento, con solo unas horas por delante para pensar y deliberar?..."

-Se ha acabado, Lespere. Todo ha terminado. Como si nunca hubiese ocurrido nada, ¿no es cierto, Lespere?
-No.
-Cuando algo termina, es como si nunca hubiese ocurrido. ¿Es ahora tu vida mejor que la mía? Eso cuenta ahora. ¿Es mejor? ¿Lo es?
-¡Si, es mejor!
-¿Cómo?
-Me quedan mis pensamientos. ¡Recuerdo! -gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretándose los recuerdos contra el pecho.

"...Y Lespere tenia razón. Hollis sintió que una agua helada le corría por la cara y el cuerpo, y comprendió que Lespere tenía razón. Los recuerdos no son como los sueños. Él, Hollis, soñaba con las cosas que había deseado; pero Lespere recordaba lo que había hecho, lo que había tenido. Y esa certeza desgarró a Hollis con una lenta y temblorosa precisión..."

-¿De qué te sirve eso? -gritó Holis-. Lo que se termina, ya no sirve. No estas mejor que yo.
-Descanso en paz -dijo Lespere-. He tenido mi oportunidad. Y ahora, que llega el fin, no me vuelvo malvado como tú.
-¿Malvado? -murmuró Hollis.

Nunca había sido malvado. Así lo creía, al menos.
Nunca se había atrevido. Era como si hubiese guardado toda la maldad para ese momento. <Malvado.>
Hollis repitió interiormente la palabra y sintió que las lágrimas le asomaban a los ojos y le corrían por la mejillas. Alguien debió de escuchar su respiración agitada.

-Cálmate, Hollis

Era ridículo, por supuesto. Un minuto antes había estado aconsejando a los otros, a Stimson. Había sentido un coraje que le había parecido genuino, y no había sido más que aturdimiento, y esa indiferencia que puede nacer del aturdimiento. Ahora intentaba introducir toda una vida de reprimidas emociones en un intervalo de minutos.

-Sé cómo te sientes, Hollis -dijo Lespere, ya a veinte mil kilómetros de distancia, con una vóz 
muy débil-. No me siento ofendido.

Pero ¿no somos iguales?, pensó Hollis. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Lo que se termina ya no existe. ¿Y de qué sirve entonces? Uno muere, de un modo o otro. Pero era como tratar de explicar qué distingue a un hombre vivo de un cadaver. Hay una chispa en uno, un aura, un misterioso elemento... y nada en el otro.

Así ocurría con Lespere, y él, Hollis. Lespere había vivido plenamente, y esa vida lo transformaba ahora en un hombre distinto. Él, Hollis, estaba muerto desde hacía muchos años. Ambos habían llegado a la muerte por distintos caminos, y si había diferentes clases de muerte, la de ellos tenían que ser tan distintas como el dia y la noche. La cualidad de la muerte, como la de la vida, es de una infinita variedad, y si uno ya ha muerto una vez, ¿qué queda para encontrar cuando uno muere para siempre, como él, ahora?...


Extractos del relato "caleidoscopio" 
-Ray Bradbury, 1951-